Descubriendo las emociones: tipos de emociones positivas y negativas

Vaya por delante que la clasificación de emociones entre positivas y negativas nos puede llevar al error de considerar como algo malo las negativas. Está claro que tenemos diferentes emociones, que algunas nos harán sentir mejor que otras, y a partir de ahí tendemos a diseñar unos tipos de emociones donde las diferenciamos entre positivas y negativas. Otra cosa son las consecuencias que las emociones tienen para nuestro estado, de ahí la importancia de saber gestionar las emociones y conocerlas una a una para aprender a vivir con ellas.

Las emociones positivas

De entre las emociones positivas destacan la alegría, el interés, el orgullo, la gratitud o la ternura. Quizá sepas que las emociones tienen una función adaptativa, social o motivacional -muchas veces se pueden dar varias funciones en una misma emoción-, y en el caso de estas emociones positivas generalmente juegan un rol social o motivacional. La emociones tienen una función determinada y gracias a ellas podemos ampliar nuestros recursos intelectuales, físicos o sociales, la gente nos busca, se refuerzan la amistad o el amor y se generan alianzas que nos ayudarán en caso de necesidad.

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Seguramente la más básica de todas estas emociones sea la alegría, a la que muchas veces confundimos con la felicidad. La alegría es una emoción que surge cuando algo nos gusta, y supone un impulso a nuestra vitalidad y energía. También es algo que nos gusta compartir con el resto del mundo, de ahí la función social de esta emoción; pero a medida que pasa el tiempo pierde intensidad. Es lo mismo que pasa con el interés o el orgullo ya que, por ejemplo, no sientes el mismo orgullo por andar en bici ahora que cuando te quitaron los ruedines.

La felicidad

Un concepto muy interesante es la felicidad, que muchas veces se engloba entre las emociones positivas pero en realidad la felicidad es más bien un estado y no una emoción y en ella intervienen el placer físico, pues el cerebro genera dopamina y serotonina.


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Por otra parte, la ausencia de emociones negativas, además de actividad en las áreas ventromediales prefrontales del cerebro, genera la sensación de cohesión e integración. Nuestros pensamientos ejercen una influencia sobre las emociones que sentimos, de modo que a medida que aparecen emociones negativas como el miedo, el enfado o la tristeza, la felicidad se va diluyendo.

Las emociones negativas

Su origen está entre la amígdala y el hipotálamo -las emociones son impulsos cerebrales, no del corazón-, y además del miedo, el enfado y la tristeza que mencionábamos anteriormente también conviene hablar de la ira o la culpabilidad. Generalmente tienen una función adaptativa ya que son un mecanismo de defensa para afrontar las amenazas externas, aunque como el mundo de las emociones es algo tan abstracto también nos motivan a luchar contra esas amenazas y a tejer alianzas.

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La tristeza es la respuesta adaptativa a una pérdida, y nos invita a buscar la compañía de otros que nos ayuden a superarla. Es el antagonista de la alegría -no de la felicidad-, y como ella también es gradual. En ocasiones se transforma en depresión y la constante presencia de esta emoción puede actuar como uno de los síntomas de la autoestima baja. Mucho más clara es la función adaptativa del miedo: activar el cuerpo cuando nuestro cerebro presiente una amenaza, ya sea real o imaginaria. Esta protección ante los peligros puede traducirse en las fobias, un caso extremo de hipervigilancia, un estado de miedo continuo. En sí, las emociones negativas tienen un impacto en nuestra salud mental y física que condiciona nuestro estado anímico y de bienestar.

El enfado o la ira aparecen cuando nos encontramos con un obstáculo en el camino, y su objetivo no es otro que ayudarnos a encontrar un camino para superarlo. Como en el miedo, si no interpretamos bien la ira puede derivar en agresividad. Finalmente, la culpabilidad es un mecanismo de autodefensa de carácter algo más social. Cuando sabes que has obrado mal aparecerá esta emoción que te invitará a pedir perdón para tratar de corregir tu actuación. Una vez más, canalizarla mal puede derivar en un calvario.

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